Es un sábado cualquiera en la carretera camino al Ajusco. Pero no es un sábado cualquiera. Tu hermana que vive en España está de visita. Tu abuela también está en casa de tus padres, así que se espera una comida familiar común y corriente (aunque esa alineación familiar no se ha presentado desde hace ya más de 3 años). De repente ves un pequeño perro asustado tratando de cruzar la carretera. Te detienes. Unas personas llaman al perro para evitar que se cruce. En este momento tú no sabes que el perro es de una raza poco común y que vale alrededor de $20,000. En tu mente es sólo un pequeño asustado porque se ha perdido. Preguntas si es de alguien. Nadie lo reclama, y las personas que evitaron que se cruzara te recomiendan que te lo lleves antes de que un auto lo atropelle. Lo llevas a casa de tus padres, en la que viven dos perras muy territoriales y medio asesinas. Lo vas a amarrar a un terreno en lo que comes. Comes con tu familia. Es una escena que no se ha dado en muchos años. Tu madre, tu padre, tu abuela, tu hermana y tú, sentados todos alrededor de la mesa, alrededor de más de ocho platillos diferentes que tu madre ha preparado para demostrar su gran amor. Y todos comen, y discuten. Odias cuando todos te piden que les sirvas agua porque la jarra está junto a ti. Odias cuando te dicen, "¿Me preparas una galletita?" ¿Qué no tienes manos para prepararala tú? ¿O es que acaso no ves que estoy comiendo? Terminas de comer y buscas la manera de salir de ahí lo más pronto posible. Hay que llevar al nuevo perro a casa. El chico se porta bien en el auto, pero al llegar a casa no puede evitar levantar la pata y dejar charquitos amarillos por todas partes. Incluso orina a tu otro perro. Le das croquetas de marca corriente y lo dejas dormir en el patio. No lo puedes consentir demasiado porque no está educado y puede perseguir a las gatas. Al día siguiente lo llevas con tu perruquero de confianza, el cual, cabe mencionar, arreglaba perros de concurso hace unos años. Cuando regresas a buscar al perro a las 2 de la tarde te enteras que es de una raza poco común y tu perruquero está feliz de la vida paseando al perrito, tomándole fotos y enorgulleciéndose de ser uno de los pocos que sabe bien como peluquear a uno de esos perros. Le ofreces que se lo quede. Él acepta encantado. Crees que lo has hecho el hombre más feliz del mundo. Además has salvado un perro más de una posible muerte trágica y lo has acomodado con una persona amorosa en tiempo record. Sin embargo, no puedes evitar preguntarte: ¿Habré tomado la decisión correcta?
el arte de la digresión, la descontextualización y la debrayación...
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2 comentarios:
No me digas que era un lakeland terrier como pusiste en tu msgnr!!!!!
Yo amo esos perros, les digo "perros de cereal" me encanta su cabello, su forma... es mi perro de ensueño (que no me escuche Emily pq se pone celosa).
Creo que hiciste lo correcto al no quedártelo pq ya tienes suficientes mascotas e hiciste a alguien feliz.
Algún día yo quiero una de esas hermosas bolas de cereal canino, es una meta de vida.
Saludos.
Yo hasta entonces ni siquiera sabía que existían... pero sí, están lindos.
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